Hay lugares en Chile que detienen el tiempo. El Lago Todos los Santos es uno de ellos. Escondido dentro del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, el más antiguo de Chile, este lago de origen glaciar guarda uno de los paisajes más impresionantes del país.
La historia detrás del nombre es tan fascinante como el lugar. Fueron los misioneros jesuitas quienes llegaron hasta estas aguas en el siglo XVII buscando una ruta fronteriza. El día que finalmente lo encontraron fue el 1 de noviembre, el Día de Todos los Santos, y así quedó bautizado para siempre. Los locales también lo conocen como "Lago Esmeralda", por el color inconfundible de sus aguas glaciares.
La navegación cruza el lago hasta Villa Peulla, un pequeño poblado fronterizo rodeado de bosques milenarios y cascadas. El trayecto en catamarán dura cerca de dos horas, con vistas permanentes a los volcanes Osorno, Puntiagudo y Tronador, y a una vegetación tan densa que parece imposible. Es una de esas travesías que no se olvidan.
Antes de embarcar, vale detenerse en los Saltos del Petrohué, una serie de cascadas de agua turquesa que el río Petrohué forma al salir del lago entre formaciones de lava volcánica negra. El contraste de colores es brutal y las fotos nunca hacen justicia.
El Lago Todos los Santos también es la puerta de entrada al famoso Cruce Andino, la ruta lacustre y terrestre que une Puerto Varas con Bariloche en Argentina, atravesando lagos, bosques y fronteras en uno de los viajes más épicos de Sudamérica. Si tienes tiempo, es una experiencia que vale completar.